Jun 6, 2018

Luis A. Huergo fue el primer ingeniero civil argentino


Categoría: Novedades

El ingeniero civil Luis Augusto Huergo (Ciudad de Buenos Aires, 1837-1913), durante su activa vida profesional dirigió grandes obras viales, portuarias, ferroviarias e hídricas, como las de los puertos Nuevo, del Riachuelo y San Fernando, el camino que une la Ciudad de Buenos Aires con La Plata. Fue el primer director de la Dirección General de la Explotación del Petróleo en Comodoro Rivadavia, que luego fuera transformada por el presidente Hipólito Yrigoyen en Yacimientos Petrolíferos Fiscales.

En 1866 se iniciaron las actividades del Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, fundado por Juan María Gutiérrez y oficializado por decreto del gobernador de Buenos Aires, Mariano Saavedra, el día 16 de junio de 1865 (instituido como Día del Ingeniero). Los cursos fueron dictados por especialistas italianos especialmente contratados. Huergo fue uno de los 13 estudiantes inscriptos en 1866 y antes de diplomarse como ingeniero en 1869, ya había construido  el camino blanco a la Ensenada. El 6 de junio de 1870, a la edad de 32 años, recibió su diploma de ingeniero de la escuela de esta universidad en la facultad de Ciencias Exactas, siendo el primer ingeniero graduado en un establecimiento universitario de Argentina.

Apenas diplomado, el gobierno de la provincia de Buenos Aires comisionó al ingeniero Huergo para contratar y fiscalizar la construcción en Inglaterra de 118 puentes que luego se instalaron en la provincia. Fue diputado a la Legislatura de la provincia de Buenos Aires. En 1872 a poco de su regreso de Europa, fue nombrado senador provincial, actuación que se extendería por más de 4 décadas.

Siendo estudiantes del italiano Pellegrino Strobel en el Departamento de Ciencias Exactas de Buenos Aires, Huergo junto a algunos compañeros fundaron la Sociedad Científica Argentina en 1872. Esta sociedad fue, junto con la Academia de Córdoba (a la que también perteneció Huergo), durante muchos años el único centro científico del país en las disciplinas físicas, químicas, matemáticas, astronómicas y naturales. El Ingeniero fue el primer presidente de la sociedad en 1872, volvió a ser presidente en 1878 y 1881. La Sociedad Científica lo declaró socio honorario en los últimos años de su vida, distinción sólo otorgada a sabios como Burmeister, Gould, Philipi, Rawson, Berg, Balbín, Ameghino y Darwin.

Su labor trascendió las fronteras del país, dirigiendo obras portuarias en el Paraguay mientras  estudiaba el canal Zabala en Montevideo. Estuvo al frente de importantes empresas industriales, porque fue de los que tuvo fe en la necesidad que tenía el país de industrializarse. También elaboró un informe para la provincia de Buenos Aires sobre una propuesta de instalar la industria del azúcar de remolacha.

En 1890 fue por pocos meses ministro de obras públicas de la provincia de Buenos Aires. Su condiscípulo, el ingeniero Guillermo Villanueva, ministro de guerra y marina del Presidente José Eváristo Uriburu, lo nombró intendente general de guerra en 1896. Entre ambos, con la colaboración del ingeniero italiano Luis Luiggi, llevaron a cabo la construcción del puerto militar, hoy Puerto Belgrano. Tomaron la decisión, proyectaron y construyeron la gran obra en menos de 6 años.

 En diciembre de 1910 el presidente Roque Sáenz Peña creó la Dirección General de la Explotación del Petróleo en Comodoro Rivadavia, designándolo presidente, cargo que aceptó con carácter ad honorem. Desde ese organismo, el antecesor de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, defendió la nacionalización de la explotación del petróleo. Fue el último gran servicio que prestó al país antes de su muerte, ocurrida en Buenos Aires, su ciudad natal, el 4 de noviembre de 1913.

En la ceremonia de inhumación el naturalista Ángel Gallardo expresó: “Huergo ha sido el primer ingeniero argentino, no sólo en el orden cronológico sino también por sus virtudes y su labor profesional. Sus colegas lo amábamos como a un padre, recurriendo a su consejo y experiencia en todas las cuestiones difíciles, en las que no escatimaba su opinión franca y sincera expuesta con su voz grave y reposada, con el valor de sus convicciones y sin anteponer jamás al bien general los intereses particulares ni propios ni ajenos”.